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viernes, 1 de agosto de 2008

Día 6: Selçuk

Nos levantamos temprano y a las 9, al salir de la habitación, Hacer nos está ya esperando con el desayuno listo: nuevamente pepino, tomate, queso, aceitunas, sandía, un huevo hervido y pan con mantequilla y mermelada. Para beber, té de manzana, elma çayi. Antes de salir, les comentamos que vamos para Selçuk, al oeste de Turquía, y nos recomiendan la pensión de unos amigos que tienen allí.

El viaje en autobús está vez será durante el día y corto, apenas 3 horas. Llegamos y en la misma estación empezamos a recibir distintas ofertas. Al final, nos dejamos engatusar por un señor que nos lleva al “Jimmy’s hotel”. De buenas a primeras, no me encanta. No he visto las habitaciones, pero tiene pinta de hotel, con recepción y tal, y creo que tengo ganas de algo más sencillo a modo de albergue o pensión. Alfonso sale a llamar al que nos habían recomendado u otros que vienen en la guía mientras yo releo en la pared del establecimiento las diferentes opciones turísticas que ofrece la región. Al final, cuando nos decidimos a ver una de las habitaciones por 30€ sin desayuno, nos dicen que la acaban de reservar y que ya no hay espacio.

Salimos con nuestras mochilas a hombro y uno de tantos “captadores” nos ofrece su hotel, algo familiar y pequeño por 35€ con desayuno. Lo vemos y no está del todo mal, aunque antes de quedarnos con eso preferimos echarle un vistazo al que nos ha recomendado Hacer. Desgraciadamente, no tienen habitaciones, así que regresamos al hotel anterior. En el folleto, leemos que ofrecen traslados gratuitos a Éfeso, alquiler gratuito de bicicletas, piscina,… La última opción hay que descartarla porque cuando Alfonso les pregunta, le responden que están cambiando el agua. ¡Qué casualidad! Siempre nos acaba pasando lo mismo. El segundo tropiezo llega cuando les pedimos que queremos ir a Éfeso esa tarde y que nos lleven: resulta que ahora hace mucho calor en Éfeso, cierran a las 6 (mentira!) y su padre (que es el que se encarga de transportar a los clientes hasta la ciudad-museo) sólo puede llevarnos mañana a las 8:30. Así que para evitar mayor cabreo, salimos a comer a una köfteria que hemos fichado antes. Me recuerda enormemente al restaurante “Istambul” de Tübingen por el tipo de comidas que ofrecen. Le pedimos un combinado de todo lo que tienen: okra, judías verdes, tortilla turca, arroz anatolio, pilaf, moussaka,… y todo esto acompañado de un ayran casero delicioso, aunque extremadamente caro. Con el calor y el cansancio, decidimos retirarnos. Hemos puesto el despertador a las dos horas y yo me levanto, pero a Alfonso no hay manera de despertarlo, así que me vuelvo a echar y continuamos durmiendo otro par de horas.

Ya de noche, salimos a perdernos un poco por las calles de Selçuk, que no promete grandes cosas ni sorpresas. Sin saberlo, nos metemos por el barrio griego y damos una vuelta: la gente toma la fresca en la calle. Pasamos también por delante de la Iglesia de San Juan y una mezquita también conocida cuyo nombre ahora no recuerdo.

Estoy un poco de bajón porque no me motiva especialmente el lugar. Regresamos al centro y propongo continuar paseando por el otro lado menos turístico. Pronto avistamos una especie de plaza y en un rincón, colchonetas en las que los niños saltan felices mientras un grupo de madres y familiares esperan. Los miramos recordando momentos de la infancia y al darnos la vuelta nos percatamos de que se trata de una plaza auténticamente “turca”, sin turistas. De los árboles cuelgan algunas banderas turcas, bastante abundantes a lo largo y ancho del país. Me huele que hemos encontrado, de forma inocente y sin rebuscar demasiado, el lugar perfecto para cenar. Nos sentamos en una de las mesas. La verdad es que el conjunto mobiliario del lugar no guarda ninguna relación: parecen sillas y mesas cogidas al azar o retiradas de diferentes casas o locales anteriores. Aún así, no nos importa. Cuanto más cutre y salchichero, más nos gusta. Se nos acerca el camarero, un chavalote jovencito que no habla ni una palabra de inglés. Nos hacemos entender con nuestro escaso turco: sabemos gözleme y panir, así que por lo menos tenemos una idea general de lo que vamos a comer, pero nos gusta que la cena nos sorprenda con el resto de elementos que no hemos entendido. Efectivamente nos traen los crepes con espinacas y queso y un zumo para beber. Al terminar, nos recogerá los platos y nos traerá amablemente un elma çayi que nos sabe a gloria.

Yo sigo baja pero antes de retirarnos nos apetece un dulce. Nos acercamos a una pastelería que he visto al mediodía, pero les queda poco o nada, y lo poco que tienen resulta poco atractivo. Al final, pillamos a modo de una natilla de chocolate con pistacho por encima y mientras lo comemos, recorremos la calle principal. No tenemos pensado hacer nada más porque al día siguiente queremos madrugar; tenemos intenciones de estar a las 9 en Éfeso. Vamos ignorando los múltiples comentarios y fórmulas de captación que utilizan constantemente los mercaderes turcos. Entre ellas, “where are you from?” O “how are you today?”, pero no sé por qué le respondemos justo al chico de la última tienda de la calle. Está sentado en el suelo, sobre unos cojines, y Alfonso le grita que somos “De Portugal”. “Ahhh, portakis”, continúa él. Nos empieza a explicar que es de la zona este de Turquía, del Lago Van, y eso ya me predispone a escuchar. Siento mucha curiosidad por esa región, la cual me hubiera encantado visitar de no ser porque no dispongo de días.

Nos habla de los gatos de la región, que son blancos, delgados, y tienen un ojo amarillo y otro azul. Nos muestra una foto que tiene expuesta allí encima de la mesita, y a continuación nos invita a pasar a su tienda para que los veamos en vivo y en directo. Yo me temo lo peor: en escasos minutos nos van a comenzar a mostrar alfombras, que es lo que venden en aquella tienda. Nos ofrece sentarnos y sigo pensando que no me voy a dejar tentar, que me quiero ir a dormir. Minutos más tarde se nos une su hermano y una pareja australiana, también con ganas de ver a los gatitos. Enseguida llega el elma çay para nosotros y el çay turco para él. Me pregunto por qué esa diferencia de tés mientras sigo la conversación. Son una familia kurda, y nos explican todas las diferencias que hay con el turco, que su lengua es más similar al farsi, que cuando eran pequeños les obligaban a negar su identidad en el colegio pero que ahora poco a poco los kurdos estaban recuperando su posición. De hecho, ya tiene representación parlamentaria, lo cual es un primer paso. Nos cuenta que casi todos los comerciantes de la calle son de origen kurdo, y que si han conseguido lo que han conseguido es por su trabajo constante. La conversación dura un par de horas. Me interesa muchísimo y me ha sorprendido que no hayan tenido ni la más mínima intención de vendernos una alfombra. Saben que nos quedamos un día más y nos invitan a pasar mañana por allí para jugar al tavla. Acepto con gusto la partida :)

martes, 29 de julio de 2008

Día 4: Göreme - Mustafapaşa - Göreme

Tras el tute de ayer, hoy planeamos algo más tranquilo teniendo también en cuenta que a las 20:00 nos sale el autobús a Pamukkale. Nuestra intención inicial es pillar una dolmuş, una pequeña furgoneta que sirve de transporte público entre dos o más localidades, a Ürgup y de allí pillar bicicletas u otra dolmuş a Mustafapaşa. He leído que es uno de los pueblos más bonitos de la zona y que hasta los años veinte estuvo habitado por griegos (Por aquel entonces se llamaba Sinosis). Luego, con el intercambio de poblaciones, éstos lo abandonaron y llegaron nuevos turcos.

Al final, el chico del albergue nos lo arregla para que no tengamos que pillarnos la dolmuş a Ürgüp. Nos ofrece el minibús de un amigo suyo que va para allá a llevar turistas, y aceptamos. Durante el trayecto, tenemos la oportunidad de ver Otishar, que tiene también un castillo.

Al llegar a Ürgüp, nos indican cuál es la dirección que debemos seguir para llegar a nuestro destino, y mientras no pase la dolmuş, que se para simplemente levantando el brazo en cualquier punto del camino, decidimos ir avanzando a pie. Hoy estamos algo de bajón, después de un día tan intenso como el de ayer. Mientras avanzamos, pasamos por un edificio con un rótulo en el que se puede leer: ÜRGÜP MÜDÜRLÜĞÜ. Alfonso se atrevirá a pronunciarlo y de inmediato me dará la risa. De la forma más tonta, empezaremos a recordar aquel juego de infancia de cambiar toda las vocales de una frase por una misma vocal (“Cuando Fernando Séptimo usaba paletó” por “Canda Farnananda Sáptama asaba palatá…”) y a partir de ese momento nacerá el “müdürlüĝü”, un nuevo dialecto del turco-español que nos acompañará a lo largo del día y del viaje.

Mientras andamos, descubriremos dos figuras en medio de un campo verde. Parece que están segando. Ellas también nos ven a nosotros, y al echarles una foto en la distancia, nos invitan a bajar. Dudamos unos segundos, pero aceptamos. Conocemos a dos “Turkish cowboys”, como ellos se definen en un inglés precario. Se dedican al ganado de vacas normalmente y hoy están con la guadaña cortando algún tipo de hierba que no reconozco. Le muestran a Alfonso cómo coger y manejar dicho instrumento y tras algunas fotos con ellos, sin ellos, con la guadaña y sin ella, continuamos nuestro camino hacia Mustafapaşa.

Minutos más tarde aparece la dolmuş y la paramos. Nos recoge y en poco tiempo nos plantamos en la plaza de Mustafapaşa. No parece grande ni tener mucho. En efecto: cuando preguntamos, nos dicen que sólo hay algunas iglesias, pero creo que estamos un poco hartos de roca y frescos. Preferimos gente y diferentes formas de comunicación. Me encanta ver cómo las personas nos las ingeniamos cuando las palabras no sirven. Me encanta ver cómo al acercarnos a comprar unos helados de pistado recubierto con chocolate y almendras, el señor no nos entiende cuando le preguntamos por el horario de regreso de las dolmuş a Ürgüp, pero un trozo de papel, nuestro escaso turco, los números y el lenguaje corporal nos sirven para averiguar la frecuencia de los buses y la hora del último.

Damos una pequeña vuelta por un pueblo que promete poco . El sol cae con intensidad y estamos bajos de ánimos. Por primera vez nos atrevimos a sentarnos en la terraza del bar del pueblo, generalmente copada por señores, quienes se reúnen con amigos y conocidos para charlar, tomar un té o echar una partidita a las cartas, a una especie de dominó, o al tavla. No pocas veces me quedo con ganas de pedirles jugar, pero hay algo que me lo impide: vergüenza, miedo al rechazo, temor a romper las reglas,…

Alfonso pide un çay. Es negro, como el que acostumbran a tomar los turcos, mientras que a los turistas les suelen servir el de manzana, que además abunda en los mercados de Estambul. Yo, en cambio, necesito una Coca-cola. La media por un pedido similar nos suele salir por unas 2,5 liras: una para el té y otra para el refresco. Alfonso se levanta para ir al baño y aprovecha para pasarse por la barra. El señor le pide 1,5 y la reacción de Alfonso es: "¿Y la Coca-Cola?"

Continuamos nuestro paseo sin esperanzas de encontrar demasiado y esperando a que lleguen las 13:45 para pillar la primera dolmuş e irnos. De repente, en un cruce de calles aparecen ante nosotros un grupo de niños, y entre ellos, una niña que empieza a posarnos como si de una auténtica modelo se tratara. Nos mira con sus ojos negros e intensos y los demás la siguen, aunque con menos gracia. Entre ellos, me hace gracia un pequeñín que intenta acabarse una tajada de melón. Minutos más tarde, el momento se acabará con los gritos de la abuela, que imaginamos que les pide que vuelvan, que dejen ya de posar para esos extranjeros. La diviso detrás de un montón de leña, y poco a poco nos alejamos.

Salimos esta vez sí con un objetivo claro: el restaurante puro y duro turco que Alfonso ha calado en la plaza. Sin carteles exteriores en inglés. Al entrar, vemos que la carta sí lo está, pero aún así pedimos: Alfonso un plato con berenjena; yo, un adana kebab: una brocheta de carne picada algo picante acompañada de ensalada y pimientos y tomates a la brasa. Delicioso. Es una pena, porque que nuestra dolmuş parte en pocos minutos y queremos pillarla. Salimos escopetados.

Al llegar a Göreme, el cansancio obligará a Alfonso a echarse en los cojines del saloncito turco que hay en la sala. Yo leo un rato, pero pronto decido irme a dar una vuelta por el pueblo. Son las últimas horas y hay algunos rinconcitos con los me he ido quedando estos días y quiero llevarme conmigo. Estaré alrededor de una hora haciendo fotos y el paseo lo acabaré en una tienda de colgantes, vasos de cerámica, bandejas,… souvenirs turcos “diferentes”, con “estilo”. De hecho, es la primera tienda en la que me decido a entrar después de 4 días en Turquía. La regenta una chica joven que oigo hablar en turco. Por un momento, pienso que es de allí, pero a lo largo de la conversación me explica que es holandesa y que lleva 3 años en Göreme, con su novio, que sí es de allí. Acaban de abrir la tienda, e intenta traer productos artesanales de diferentes partes de Turquía, para lo cual está viajando bastante por el país. Aunque me lo estoy pasando bien, son las 6:30, hora que he acordado con Alfonso para reencontrarnos en el albergue, ducharnos y salir.

Nuestra última hora en Göreme la aprovechamos para cenar algo. Volvemos a la tienda-restaurante con terraza agradable de un par de noches atrás. Esta vez coincidimos ambos nuevamente en nuestra elección gastronómica: gözleme con perejil y queso. Para beber, zumo.

A las 8 nos metemos en el bus nocturno que nos llevará a Pamukkale en aproximadamente 10 horas. Antes de dormir, nos dan un par de ataques divertidos con el müdürlüğü y las fuentecillas de agua. Creemos que el autobús entero debe pensar que nos hemos tomado una botellita entera de raki antes de montarnos, pues no podemos contener nuestros ataques de risa.

lunes, 28 de julio de 2008

Dia 2: Göreme y el Valle de Ihlara

Sabiendo que nuestro supuesto viaje en globo ha sido cancelado ante la posibilidad de viento y lluvia, decidimos descansar unas horillas más. A las 9 estamos en la sala del desayuno: pido un menem en, un desayuno frecuente en Turquía a base de tortilla, queso blanco bastante salado y rodajas de tomate y pepino fresco que combinar al gusto. Y a las 9:30 viene el minibús a recogernos. Me resulta curiosísimo el número y uso de los minibuses-recogeturistas que hay en este país… Hay millones de ellos y su función principal es evitar que el turista se pierda y que se sienta arropado siempre entre ese “posible caos” que le puede parecer Turquía. Sin embargo, y sin ánimo de ofender, siento que a veces se trata de tonto al turista, evitándole caminar 100 metros o incluso 50. No vaya a ser que se pierda…

Hoy hemos decidido ser auténticos “guiris” y hemos contratado un tour por la zona sur de la Capadoccia. Nos lo han recomendado, dado que no tenemos mucho tiempo y son 220 kilómetros poco turísticos y con pocas posibilidades de transporte. Vamos los 4: Alfonso, Alysia, Anissa y yo. Eso me anima. En el grupo también hay asiáticos (siento no saber definir), australianos, y un par de españolas, como no.

Tras ver la panorámica de Göreme, el primer destino es Derinkuyu, la ciudad subterránea más grande de la zona. Dicen que hay alrededor de 40 y están interconectadas a través de túneles. La construyeron los cristianos para refugiarse de los árabes y llegaban a pasar entre 2 y 3 semanas en aquellas galerías oscuras y frías, aunque bien organizadas. Me sorprende que incluso tengan una escuela y una iglesia en forma de cruz latina en el piso inferior. En total, Derinkuyu tiene 8 plantas y una profundidad de 80 metros. Todo me parece interesante y curioso, pero me molesta la prisa constante que nos mete la guía, pues no nos deja sacar fotos con la tranquilidad y el tiempo necesario. Confirmo una vez más que estos viajes organizados no son para mí.

A la salida, nos dirigimos al Valle del Ilhara, un cañón por el que fluye el río Melendiz y por el que andaremos alrededor de una hora. Agradezco un poco de contacto con la naturaleza, si bien admito tener un poco de miedo y paranoia constante por tropezar con alguna serpiente, que además aquí son venenosas según la guía que he comprado. Las detesto más que a las ratas y toda esa sensación viene confirmada por alguna reacción de nuestra guía cuando tres franceses se han salio de la senda y empiezan a subir a las cuevas campo a través. Les recomienda que vuelvan de inmediato al camino principal.

Sin embargo, estos momentos de miedo interior desaparecen cuando topamos con un grupo de niños. Mientras uno ofrece paseos en burro, los otros dos están subidos a una piedra y “venden” manzanitas. Les echo una foto e inocentemente me acerco para enseñársela, pero de repente me atacaran con un constante “Hello, photo, money” que no puedo evitar relacionar con la India. Con esta frase nos recibirán metros más adelante otro grupo de niños que están bañándose en el río. Algunos insistirán un poquito, mientras que la mayoría preferirán claramente posar ante nuestros objetivos, sobre todo, ante el de Alfonso, que se desvive sacándoles instantáneas con efectos sorprendentes.

Metros más adelante nos espera el grupo sentado en el restaurante donde vamos a comer. Están distribuidos en pequeñas terracitas construidas dentro del río y decoradas con cojines y alfombras y una mesa redonda y pasicorta donde nos servirán la comida. Tomamos asiento y nos zampamos de buena gana una sopa de lentejas y un guiso de ternera acompañado de arroz anatolio, que me recuerda a la avena. La ensalada, de tomate y pepino, prefiero no tomarla.

Durante la comida, tenemos la oportunidad de entablar conversación con las dos españolas del grupo. Viajan bastante a través de Coach Surf, y al final Beatriz se ofrece a mandarnos un mail para que podamos formar parte de la organización. Puede ser superinteresante.

De nuevo emprendemos nuestro tour y nos dirigimos al monasterio de Selime, también construido por los cristianos en la roca. Me impresiona y mientras me pierdo por sus cuevas para pillar alguna foto interesante, me vienen a la cabeza pienso sobre esa nueva dimensión que estoy descubriendo: la relación desde antaño del territorio turco con la religión. Uno cree que es un país islámico en toda regla y al averiguar un poco se percata del gran peso que tiene el laicismo de Atatürk, así como un pasado muy ligado al cristianismo. De hecho, en la Capadoccia es lo que más predomina e incluso he leído que en la zona de la costa estuvieron la Virgen María y muchos discípulos. Lo pienso bien, y todo tiene cierta lógica. Al fin y al cabo, Turquía no está tan lejos de Tierra Santa.

El tour acaba con la panorámica de Uçhisar, ciudad con un castillo excavado en la roca que me resulta, cuanto menos, curioso, y del Valle de las Palomas. Estos animales fueron importantes en los primeros siglos después de Cristo, ya que los cristianos usaban sus huevos, entre otros, para los frescos de sus iglesias. Sin embargo, no entramos en dicho valle, sino justo en el edificio de enfrente: una fábrica de ónix para la cual nuestra guía nos ha preparado una visita que ya me imagino dónde nos llevará. No me equivoco: a los pocos minutos me encuentro en la tienda. Doy una vuelta y no veo muchas cosas que me gusten. Sin embargo, en un momento me siento tentada por una pulsera de plata. Dudo si comprármela o no porque me gusta, pero no me atrevo a dejarme ahí los 150€ que me pide. Todavía queda mucho viaje por delante y no sé si los pueda necesitar o prefiera invertirlos en algo que me agrade más. Aun así, no salimos con las manos vacías. En ese tour interactivo con los visitantes, Alfonso se ha ganado un huevo de ónix por saber cuál es el significado de la palabra “Capadoccia”, la Tierra de los caballos.

Llegamos a Göreme a las 19h y decidimos salir escopetados hacia el Valle Rojo para ver la puesta de sol. Nos lo han recomendado Alysia y Anissa, por encontrarse allí algunas de las piedras más sugerentes. Así será, y como niños buscamos ilusionados formas y juegos de luz que plasmar. Una vez puesto el sol, intentamos buscar con rapidez un camino para regresar, ya que a la ida, atrapados por la emoción, hemos olvidado los caminos y hemos preferido atravesar campos y huertos en dirección a nuestro objetivo.

A la vuelta a Göreme, y antes de regresar al albergue, decidimos hacer una parada en el Hamam. Será mi primera experiencia en un baño turco: 15 minutos de sauna, friegue con un guante de crin desde el que me sacan una cantidad de suciedad inimaginable y un masaje corporal mientras me enjabonan con una curiosa bolsa que saca espuma. Me preguntan si quiero un masaje corporal extra con aceites y dudo. No quiero hacer esperar demasiado a Alfonso, pero en seguida pienso que también él se habrá dejado tentar fácilmente y habrá aceptado unos 15 ó 20 minutos. El masaje no está mal, pero me gustan más los que me he dado alguna vez en Belgrado. Cuando salgo de la sala, veo que todavía faltan 20 minutos para la supuesta hora y cuarto que dura la sesión. Veo que el concepto de hora es también relativo en Turquía, como lo era en la India, así que decido meterme un rato en el jacuzzi. Para sorpresa mía, ya no estoy sola. El jacuzzi está lleno y para colmo son 8 españolas las que están allí. Finjo que soy extranjera y me siento en un rinconcito a escuchar. Al rato, no aguanto más y me salgo. Alfonso está en la entrada y sí, también se ha dado el masaje y lo han acompañado 8 españoles en su experiencia.

Esa noche nos decidimos a probar los gözleme con queso y espinacas, una especie de crepes turcos. Nos sentamos en una terraza sencilla al lado de un cauce pequeño y seco. Suena una música un tanto melancólica, pero cualquier cosa nos satisface más que la cena del día anterior. La noche la terminamos con baklava, un dulce turco muy común y que había probado en Belgrado pero no me había gustado demasiado, con
helado de vainilla. Delicioso. Nada como probar las cosas en su lugar de origen.