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viernes, 1 de agosto de 2008

Día 7: Éfeso y el contacto humano en Selçuk

Madrugamos porque queremos estar en Éfeso a las 9, tal y como nos prometieron ayer. El desayuno coincide exactamente con el de cada día y en la recepción parecen querer retrasar la salida hasta que haya más gente. Alfonso se empieza a cabrear y temo que explote en algún momento, aunque sé que tiene razón. Después de diferentes supuestas horas de partida, salimos para Éfeso a las 9:30. Vamos una familia de japoneses, una coreana que habla español, y nosotros dos. Nos dejan en la entrada de arriba.

Entramos y la decepción va apoderándose cada vez más de mí. Si bien es cierto que Éfeso está mejor conservada que otros lugares arqueológicos de la Antigua Grecia, tampoco me parece lo más de lo más. Creo que es una civilización que debió de estar muy bien en sus tiempos, pero ya. Cuando estuve en Atenas, me decepcionó; cuando pasé un verano en el norte de Grecia, tampoco encontré nada más allá de cuatro piedras esparcidas por el monte, y ante los comentarios de alguna gente de que para ir a ver “Grecia”, hay que ir a “Turquía” también tengo mis cosas que decir. Prefiero piedras capadocicas, ciudades vivas o gente. Aún así, pasamos más de dos horas fotografiando rincones, detalles,… y hordas de turistas que colapsan el lugar. ¡Qué horror!

Sobre la 1, salimos en busca de la dolmuş que nos llevará de vuelta a Selçuk. Todavía faltan 8 horas para nuestro bus a Estambul y le comento a Alfonso que no tengo motivación alguna. ¡Qué puñetas vamos a hacer tantas horas en una ciudad que poco o nada parece ofrecer! Planteamos ir a la playa, que creo que no queda lejos, pero tememos que sea otro gran resorte turístico a lo Benidorm. Tampoco creo que tengamos ánimos suficientes… La otra opción puede ser perdernos por el barrio de inmigrantes bosnios y gitanos que comenta la guía. Al llegar la dolmuş, nos reencontramos con Krisna, una española que se nos ha acercado antes cuando estábamos en el teatro de Éfeso. Está haciendo unas prácticas en el sur, en Antalya, y hace tiempo que no escucha español. Está sola, así que parece que quiere unirse. Ni aceptamos ni dejamos de aceptar, aunque luego agradecermos su compañía, ya que de lo contrario nos hubieréamos hundido en nuestros pocos ánimos.

Al llegar a Selçuk pasamos por la oficina de turismo y después vamos a comer. Otra vez regresamos a la calle central, la más turística, y nos sentamos en otra köftería en la que sólo habíamos visto a turcos comer el día anterior. El camarero es superamable y después de mostrarnos todo lo que tienen para hoy, nos trae una mezcla para que probemos de todo un poco. Para beber, ayran. Al terminar, decidimos pasarnos por el hamam. Krisna todavía no ha ido nunca, y a Alfonso y a mí nos apetecería darnos “una ducha” antes de montarnos en el bus. Veinticino liras. Decidimos venir más tarde para irnos fresquitos.

La siguiente misión es matar la necesidad de dulce, que se nos antoja en forma de baklava con helado de vainilla desde que la probáramos en Göreme. Pero antes nos ven los kurdos de ayer y nos invitan a pasar. Son apenas las dos, y acabaremos pasando la tarde con ellos. Refrescaré mis conocimientos de tavla, comeremos baklava con helado, tomaremos çay, compraremos pañuelos en otra de sus tiendas, haremos algunas fotos,…

Y sobre las 7 regresaremos al hamam, que me parece más auténtico que el de Göreme, más orientado a los turistas. Es la primera vez que puedo acostarme en esa piedra hexagonal caliente en la que mi cuerpo suda y suda. Miramos a los lugareños y seguimos sus posiciones: boca arriba, boca abajo, de lado,… Minutos más tarde, uno de los señores me llama. Me friega el cuerpo con un guante similar a los de crin. Sale suciedad, aunque no sé si es sólo mía o es la mía junto con las anteriores, puesto que no he visto que se haya cambiado la manopla. Me lo pasa por delante, por detrás, por el cuello,… y a continuación me tumbo en otra piedra horizontal para que otro me llene de espuma y me masajee.

Al terminar, una ducha fría y cambio de paño. Ya de vuelta a la primera sala, nos darán tres toallas diferentes: una para las piernas, otra para el torso, y otra para el pelo. Nos servirán también el té y uno a uno nos darán un masaje corporal con aceite. Me lo hace un grandullón barrigudo y de bigote espeso y oscuro. Me da un poco de miedo porque temo que me va a romper los huesos con esa fuerza descomunal que parece tener. Al ponerme boca arriba, sugiere que me quite el paño para darme un masaje en la barriga y en los pechos, pero me niego. Ya me basta con las piernas.

Mientras nos esperamos los unos a los otros, conocemos a Laia y a Ferran, una pareja de catalanes que también van viajando como nosotros y que años anteriores estuvieron en la India. Nos despediremos en el hamam, aunque casualidades de la vida, más tarde nos reencontraremos en la terraza donde vamos a cenar, así que nos uniremos todos de nuevo: Krisna, Ferran, Laia, Alfonso y yo. Cenamos un adana kebab y nosotros dos salimos disparados hacia la estación de autobuses después de despedirnos rápidamente de los chicos kurdos, quienes nos han guardado el equipaje mientras hemos estado en el hamam y cenando.

Empiezan de nuevo 10 horas de bus en plena oscuridad. Repasamos la experiencia y a los dos nos ha gustado haber improvisado tan bien desde el aburrimiento que nos invadía horas atrás. Si Selçuk no tenía nada monumental que ofrecernos, hemos sabido sacarle la parte más humana y de contacto con la gente, que es lo que para mí da encanto a este tipo de viajes.

En el autobús viajan algunos españoles, así que ahora fingimos ser eslavos: Alfonso me hará una señora introducción al polaco. A veces me cuesta deducirlo a través del serbio, pero por el contexto y el lenguaje corporal y con los numerosos ejemplos sencillos que me pone, lo acabo entendiendo. Esto me da muchos ánimos para continuar con el serbio. En medio de nuestras apasionadas conversaciones, el chaval encargado de servir el té y el agua en el autobús le pedirá a Alfonso que se cambie de sitio para que una chavala turca pueda viajar conmigo y no tenga que ir sentada al lado de un chico desconocido. Quizá seamos maleducados, pero no aceptamos. Me duermo, aunque con esperanzas de despertarme al amanecer, cuando subiremos a un ferry y llegaremos a Estambul por mar.

lunes, 28 de julio de 2008

Dia 2: Göreme y el Valle de Ihlara

Sabiendo que nuestro supuesto viaje en globo ha sido cancelado ante la posibilidad de viento y lluvia, decidimos descansar unas horillas más. A las 9 estamos en la sala del desayuno: pido un menem en, un desayuno frecuente en Turquía a base de tortilla, queso blanco bastante salado y rodajas de tomate y pepino fresco que combinar al gusto. Y a las 9:30 viene el minibús a recogernos. Me resulta curiosísimo el número y uso de los minibuses-recogeturistas que hay en este país… Hay millones de ellos y su función principal es evitar que el turista se pierda y que se sienta arropado siempre entre ese “posible caos” que le puede parecer Turquía. Sin embargo, y sin ánimo de ofender, siento que a veces se trata de tonto al turista, evitándole caminar 100 metros o incluso 50. No vaya a ser que se pierda…

Hoy hemos decidido ser auténticos “guiris” y hemos contratado un tour por la zona sur de la Capadoccia. Nos lo han recomendado, dado que no tenemos mucho tiempo y son 220 kilómetros poco turísticos y con pocas posibilidades de transporte. Vamos los 4: Alfonso, Alysia, Anissa y yo. Eso me anima. En el grupo también hay asiáticos (siento no saber definir), australianos, y un par de españolas, como no.

Tras ver la panorámica de Göreme, el primer destino es Derinkuyu, la ciudad subterránea más grande de la zona. Dicen que hay alrededor de 40 y están interconectadas a través de túneles. La construyeron los cristianos para refugiarse de los árabes y llegaban a pasar entre 2 y 3 semanas en aquellas galerías oscuras y frías, aunque bien organizadas. Me sorprende que incluso tengan una escuela y una iglesia en forma de cruz latina en el piso inferior. En total, Derinkuyu tiene 8 plantas y una profundidad de 80 metros. Todo me parece interesante y curioso, pero me molesta la prisa constante que nos mete la guía, pues no nos deja sacar fotos con la tranquilidad y el tiempo necesario. Confirmo una vez más que estos viajes organizados no son para mí.

A la salida, nos dirigimos al Valle del Ilhara, un cañón por el que fluye el río Melendiz y por el que andaremos alrededor de una hora. Agradezco un poco de contacto con la naturaleza, si bien admito tener un poco de miedo y paranoia constante por tropezar con alguna serpiente, que además aquí son venenosas según la guía que he comprado. Las detesto más que a las ratas y toda esa sensación viene confirmada por alguna reacción de nuestra guía cuando tres franceses se han salio de la senda y empiezan a subir a las cuevas campo a través. Les recomienda que vuelvan de inmediato al camino principal.

Sin embargo, estos momentos de miedo interior desaparecen cuando topamos con un grupo de niños. Mientras uno ofrece paseos en burro, los otros dos están subidos a una piedra y “venden” manzanitas. Les echo una foto e inocentemente me acerco para enseñársela, pero de repente me atacaran con un constante “Hello, photo, money” que no puedo evitar relacionar con la India. Con esta frase nos recibirán metros más adelante otro grupo de niños que están bañándose en el río. Algunos insistirán un poquito, mientras que la mayoría preferirán claramente posar ante nuestros objetivos, sobre todo, ante el de Alfonso, que se desvive sacándoles instantáneas con efectos sorprendentes.

Metros más adelante nos espera el grupo sentado en el restaurante donde vamos a comer. Están distribuidos en pequeñas terracitas construidas dentro del río y decoradas con cojines y alfombras y una mesa redonda y pasicorta donde nos servirán la comida. Tomamos asiento y nos zampamos de buena gana una sopa de lentejas y un guiso de ternera acompañado de arroz anatolio, que me recuerda a la avena. La ensalada, de tomate y pepino, prefiero no tomarla.

Durante la comida, tenemos la oportunidad de entablar conversación con las dos españolas del grupo. Viajan bastante a través de Coach Surf, y al final Beatriz se ofrece a mandarnos un mail para que podamos formar parte de la organización. Puede ser superinteresante.

De nuevo emprendemos nuestro tour y nos dirigimos al monasterio de Selime, también construido por los cristianos en la roca. Me impresiona y mientras me pierdo por sus cuevas para pillar alguna foto interesante, me vienen a la cabeza pienso sobre esa nueva dimensión que estoy descubriendo: la relación desde antaño del territorio turco con la religión. Uno cree que es un país islámico en toda regla y al averiguar un poco se percata del gran peso que tiene el laicismo de Atatürk, así como un pasado muy ligado al cristianismo. De hecho, en la Capadoccia es lo que más predomina e incluso he leído que en la zona de la costa estuvieron la Virgen María y muchos discípulos. Lo pienso bien, y todo tiene cierta lógica. Al fin y al cabo, Turquía no está tan lejos de Tierra Santa.

El tour acaba con la panorámica de Uçhisar, ciudad con un castillo excavado en la roca que me resulta, cuanto menos, curioso, y del Valle de las Palomas. Estos animales fueron importantes en los primeros siglos después de Cristo, ya que los cristianos usaban sus huevos, entre otros, para los frescos de sus iglesias. Sin embargo, no entramos en dicho valle, sino justo en el edificio de enfrente: una fábrica de ónix para la cual nuestra guía nos ha preparado una visita que ya me imagino dónde nos llevará. No me equivoco: a los pocos minutos me encuentro en la tienda. Doy una vuelta y no veo muchas cosas que me gusten. Sin embargo, en un momento me siento tentada por una pulsera de plata. Dudo si comprármela o no porque me gusta, pero no me atrevo a dejarme ahí los 150€ que me pide. Todavía queda mucho viaje por delante y no sé si los pueda necesitar o prefiera invertirlos en algo que me agrade más. Aun así, no salimos con las manos vacías. En ese tour interactivo con los visitantes, Alfonso se ha ganado un huevo de ónix por saber cuál es el significado de la palabra “Capadoccia”, la Tierra de los caballos.

Llegamos a Göreme a las 19h y decidimos salir escopetados hacia el Valle Rojo para ver la puesta de sol. Nos lo han recomendado Alysia y Anissa, por encontrarse allí algunas de las piedras más sugerentes. Así será, y como niños buscamos ilusionados formas y juegos de luz que plasmar. Una vez puesto el sol, intentamos buscar con rapidez un camino para regresar, ya que a la ida, atrapados por la emoción, hemos olvidado los caminos y hemos preferido atravesar campos y huertos en dirección a nuestro objetivo.

A la vuelta a Göreme, y antes de regresar al albergue, decidimos hacer una parada en el Hamam. Será mi primera experiencia en un baño turco: 15 minutos de sauna, friegue con un guante de crin desde el que me sacan una cantidad de suciedad inimaginable y un masaje corporal mientras me enjabonan con una curiosa bolsa que saca espuma. Me preguntan si quiero un masaje corporal extra con aceites y dudo. No quiero hacer esperar demasiado a Alfonso, pero en seguida pienso que también él se habrá dejado tentar fácilmente y habrá aceptado unos 15 ó 20 minutos. El masaje no está mal, pero me gustan más los que me he dado alguna vez en Belgrado. Cuando salgo de la sala, veo que todavía faltan 20 minutos para la supuesta hora y cuarto que dura la sesión. Veo que el concepto de hora es también relativo en Turquía, como lo era en la India, así que decido meterme un rato en el jacuzzi. Para sorpresa mía, ya no estoy sola. El jacuzzi está lleno y para colmo son 8 españolas las que están allí. Finjo que soy extranjera y me siento en un rinconcito a escuchar. Al rato, no aguanto más y me salgo. Alfonso está en la entrada y sí, también se ha dado el masaje y lo han acompañado 8 españoles en su experiencia.

Esa noche nos decidimos a probar los gözleme con queso y espinacas, una especie de crepes turcos. Nos sentamos en una terraza sencilla al lado de un cauce pequeño y seco. Suena una música un tanto melancólica, pero cualquier cosa nos satisface más que la cena del día anterior. La noche la terminamos con baklava, un dulce turco muy común y que había probado en Belgrado pero no me había gustado demasiado, con
helado de vainilla. Delicioso. Nada como probar las cosas en su lugar de origen.